Contra el trabajo

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La abolición del trabajo como actividad impuesta no es nada nuevo pero incluso la izquierda ha aceptado su necesidad. 
La reducción de la jornada y la renta básica son alternativas viables pero que han de vencer la cultura del trabajo que ha estructurado nuestra sociedad y nuestras vidas.

En 1930 Keynes predijo  que en el 2030 se trabajaría 15 horas a la semana. En la actualidad mucha gente está desesperada por encontrar trabajo y, a la vez, trabajamos más horas incluso cuando la productividad sube. El trabajo es un problema, porque trabajamos mucho o porque no podemos trabajar. 

El trabajo se ha aceptado como algo incuestionable. La izquierda ha centrado su esfuerzo en introducir a las personas y empoderarlas en el ámbito del trabajo abandonado, casi por completo, su lucha para reducir la jornada laboral.  Consideran que no es el trabajo lo que aliena, sino las condiciones en las que se desarrolla o la falta de democracia a la hora de tomar las decisiones. Pero el trabajo está sirviendo solo para producir capital y no para distribuir la renta ni garantizar vidas dignas. 

El trabajo es una actividad productiva de carácter personal basada en la necesidad. Puede ser de tres tipos (forzado, asalariado o de subsistencia) y todos tienen en común que son impuestos a las personas por la fuerza o por la necesidad; cuando hablamos de trabajo no nos referimos a la actividad voluntaria.

Debemos evolucionar del paradigma de la escasez al paradigma de la abundancia; de la necesidad al deseo; de la obligación a la participación voluntaria en la sociedad.

Es difícil separar estructuras e ideologías. Hay muchos elementos que nos obligan a trabajar: la necesidad de pagar el alquiler y la comida son las más importantes. Esos argumentos se ven reforzados por todo un acervo cultural e ideológico que presentan el trabajo como la principal obligación del ser humano y como un requerimiento moral. 

Tener salarios más altos o mejorar las condiciones de trabajo ayudaría a la gente que puede tener trabajo, pero hay gente que no puede conseguirlo. Además muchas de nuestras actividades, que son indudablemente útiles y productivas, no están remuneradas (como el trabajo de cuidados). 

Existen otras maneras de estar en el mundo y relacionarnos con otros y con el medioambiente, más allá de lo laboral. El principal problema estriba   en nuestra falta de tiempo e imaginación para cultivar una vida rica fuera del trabajo.

Alternativas a estas disfunciones serían: 

  1. Reducción drástica de las jornadas de trabajo como manera de crear más puestos de trabajo y dar más tiempo para poder realizar otras actividades. 
  2. Renta básica universal y suficiente que permita el desarrollo voluntario de tareas socialmente necesarias (lo que constituirá la abolición del trabajo).
  3. Servicios públicos (sanidad, educación, vivienda y transporte) garantizados. 

La renta básica y la reducción de la jornada laboral nos obligan a imaginarnos una vida fuera del trabajo. Pero es muy probable que incluso disfrutando de una renta básica garantizada y suficiente, la gente quiera además, un trabajo remunerado.

El trabajo y la familia forman parte del mismo sistema. Organizan, respectivamente,  las actividades de producción y de cuidado. Tenemos que  generar alternativas al sistema completo por lo que las tres medidas propuestas son imprescindibles.

No queremos sólo trabajar mejor; queremos trabajar menos. Lo que necesitamos es un “asalto frontal a la cultura y a las instituciones del trabajo, a sus ideologías y estructuras.” (Kathi Weeks).

No hay nada nuevo: Ya en el siglo XIX Lafarge decía que “el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica.” En los 70 los autonomistas  italianos rechazan el trabajo y el movimiento “Wages for Housework” (salarios para el trabajo doméstico) visibiliza el trabajo dentro de la familia. En los 80 André Gorz escribió: “La abolición del trabajo es un proceso que ya está en marcha”. En el 2002 el Grupo Krisis publica su “manifiesto contra el trabajo” (Bibliografía).

Hay dos elementos que dificultan la evolución a esta sociedad sin trabajo que son fruto de nuestro devenir social: la construcción del deseo en la sociedad de consumo y el efecto disciplinario del trabajo.

  • El consumismo ha sido la manera que ha encontrado el sistema para resolver la incongruencia entre el paradigma de la escasez, en el que se basa la competencia y la acumulación capitalista, y la realidad de la abundancia que nos ha proporcionado el desarrollo tecnológico y la acumulación material y de saber. Hemos llegado al absurdo de generar unas necesidades más allá de los límites de la naturaleza para mantener esta dualidad. Los desperdicios son el resultado y el símbolo de esa distribución asimétrica de los recursos que separa una sociedad del consumo de una sociedad desposeída. 
  • El trabajo ha sido útil para disciplinar a las personas y para cargar de responsabilidades a aquellos que están excluidos del trabajo, a los que culpa de falta de esfuerzo o de iniciativa. El trabajo nos regula la vida limitandonos los tiempos, los espacios y los medios materiales para desarrollarla, y también los criterios de valoración de nosotros mismos y los demás.

Esta regulación de la vida es lo que nos han enseñado a identificar con lo humano; con lo social. Existe un miedo a perder este referente y a que esto derive en una descomposición social masiva: imaginamos una indisciplina de masas al ver en el trabajo la única herramienta que nos puede tener controlados, o imaginamos una sociedad completamente pasiva al considerar el trabajo como el único elemento potencialmente motivador.

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